jueves, 24 de septiembre de 2009

GAJES DEL OFICIO


GAJES DEL OFICIO

Últimamente veía a Victoria bajar con dificultades las escaleras que dan acceso al centro de jubilados donde trabajo. Aquella tarde, después de recorrer trabajosamente la distancia que nos separaba, me dijo: Tadeo, me estoy muriendo.

Respiraba con dificultad y su frente parecía brillar por el sudor. Yo le dije que no dijera esas cosas, que ella se veía bien y que era una mujer fuerte, pero ella decía que no, que no se encontraba bien.

Unos días después, mi compañera de trabajo me preguntó si no me había enterado de la muerte de una de las ancianas socias del centro. Le dije que no, que no me había enterado de nada. Ella dijo que yo tenía que conocerla, pues muchas veces me había visto conversando con ella, y me la describió.

Señora mayor, entrada en carnes, de baja estatura, pelo negro y bastón. No había dudas, era Victoria. Ella misma me había anunciado su muerte unos días antes.

Me fui a casa con la angustia de saber difunta a una buena mujer, una que siempre me quiso y me apoyó en el trabajo. Hacía unos meses se apareció con una caja de bombones enorme y me dijo: Toma, para tu hija. Mis hijos me traen bombones aún sabiendo que yo por mi enfermedad no los puedo comer.

Si algo tiene mi trabajo, es que veo desaparecer a cada rato, rostros conocidos, personas entrañables a las que llego a querer como a mis propios abuelos, y bueno, por suerte, aparecen otros nuevos y así nunca nos quedamos vacíos.

Pero a veces la vida decide darte sorpresas, y aquella tarde vi bajar las escaleras a una mujer que se me parecía demasiado a Victoria. No podía ser, sabía que Victoria había muerto, así que me froté los ojos para ver mejor y aún así aquella mujer que se me acercaba era la viva imagen de la difunta.

Como yo veo espíritus, tuve que cerciorarme de que aquello que tenía delante no era un espectro. En efecto, no lo era. La buena mujer me habló. Me dijo que había estado en su casa de verano unas semanas y que por eso no la había visto. Yo estaba muy emocionado y feliz. Ella no lo sabía, ni lo sabrá nunca, pero aquella tarde sentí que estaba hablando con alguien venido del más allá.

TADEO